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Capítulo 27. Actuaciones accidentadas. "Estar errado con hache o sin ella"

Los festivales se celebraban por los pueblos de la provincia de Ciudad Ducal, y raro era en el que no participaba Antonio en solitaria representación del pueblo o acompañado de alguna agrupación musical del mismo. La organización de dichos espectáculos corría siempre a cargo de gente aficionada, el cura, el concejal de turno o el responsable de algún grupo cultural con mucha voluntad y poca experiencia que se suplía en último caso con buenas o malas palabras.  Antonio, dada su popularidad era reclamado de los más alejados pueblos de la provincia con difíciles medios de comunicación por lo que en muchos casos debía ir en bicicleta o andando.

Habían ido al pueblo de Alhambra un grupo de “artistas” de Membrillares encabezados por Antonio para participar en un festival que organizaba el ayuntamiento. Se trataba de un pueblo pequeño encaramado en un cerro de tierras rojas con los restos de un castillo medieval situado en un promontorio cercano al pueblo. El festival se celebraba en un local repleto de gente enfervorecida, y deseosa de pasárselo en grande sin importarle un pimiento la calidad de los artistas entre los que estaba Koque que dormitaba sentado en una silla esperando el momento de actuar que se demoraba. Antonio estaba cansado de esperar oyendo a unos músicos que “atacaban” la canción “Ay que llueve, que llueve, ay que llueve que ya está lloviendo, y no viene, no viene la mocita que yo estoy queriendo…” En ese momento Antonio despertó a Koque urgiéndolo a que saliera al escenario para actuar, y allá que entró limpiándose los ojos y arrancándose por un tango.

“Que desgraciado nací, que desgraciadito es mi sino, desgraciado nací, que en la pila del bautismo no hubo agüita para mi…”

Los músicos pararon de tocar su canción de la lluvia y se quedaron mirando sorprendidos a Koque que no se enteraba de lo que sucedía. La gente reaccionó con gritos de “¡Fuera, fuera!”  El que hacía las veces de presentador entró en el escenario y cogiendo a Koque por el brazo le sacó del escenario, pero le dio tiempo en dirigirse al público diciendo “¡Si va a haber más siega!” lo que les enfureció aún más.

En otra ocasión los miembros de la acción católica organizaron una obra de teatro de tema religioso social “Crimen en la floresta” y Antonio se ofreció a presentarla, pero fue rechazada su petición porque no pertenecía ya a acción católica, y porque pretendían darle un tono más serio al que habitualmente recurría Antonio, que se consideró menospreciado e hizo correr lo sucedido entre sus condicionales para predisponerlos con la obra.  Salió un chico llamado “Pataquines” de apodo, que estaba estudiando en Madrid y era muy redicho, empezando su disertación de forma rebuscada.

“Razones de cortesía y paisanaje oblíganme…” a lo que el público respondió con una carcajada y añadiendo con pitorreo “¡Repítelo que no se oye ¡” La obra trataba de un misionero que vivía en el bosque y se enfrentaba con los que querían deforestarlo y echar a las tribus que allí vivían. En un momento determinado en el que el misionero llegaba exhausto a una choza que tenía un recipiente con agua a un lado de la misma, pero no era localizada por él, a lo que alguno del público comenzó a silbarle como se hace a las mulas para que acudan a beber, y una vez que el misionero localizaba el agua y se dirigía a ella, otra voz gritó “¡Mansico, mansico!” Los actores a duras penas pudieron terminar la representación entre la rechifla general.

En el mes de agosto, cuando el calor alcanzaba cotas muy altas que se combatían a base de agua del botijo, colocado en los escalones de las cuevas y pipirranas, recibió Don Diego una carta del cura del pequeño pueblo Arenales de San Gregorio para que comunicara a Antonio, que estaba invitado para actuar en las fiestas del pueblo. No le apetecía ir solo teniendo que llevar la bicicleta para hacer con ella un tramo del camino, y se lo comentó a su buen amigo Sebastián, más conocido por todos por el apodo de “Pol”, y este accedió gustoso en acompañarle. El día señalado montaron en bicicleta y se dirigieron a la estación del ferrocarril del vecino pueblo de Peralares donde tomaron el tren después de facturar las bicis. En Alcázar de San Juan se apearon y montando en las bicicletas iniciaron los más de veinte kilómetros que tenían que recorrer por una estrecha y mal asfaltada carretera. La noche se les echaba encima y tenían que arreglárselas con rapidez. “Pol” marchaba delante abriendo camino y Antonio apenas podía seguir su ritmo, por lo que le llamaba de vez en cuando preguntándole por donde iba, a lo que “Pol” contestaba “¡Antonio, voy caminando, sígueme!” Pero los escasos coches con los que se cruzaban les deslumbraban con los faros de luz larga, y cuando Antonio creía desfallecer oyó la voz de su amigo que le animaba alborozado “¡Ya llegamos Antonio, mira las luces del pueblo!”  Totalmente agotados y tras preguntar a la primera gente del pueblo que encontraron, se dirigieron a un cercado donde tenía lugar el festival. Localizaron al cura que ya desesperaba que llegaran, y les informó que en ese momento empezaría el espectáculo. Arrancaron con un sainete corto interpretado con mejor voluntad que acierto por jóvenes del pueblo y seguidamente salió a escena Antonio que empezó con chascarrillos de su invención.

“La receta para curar los callos”

“Se coge una col, los palillos de un tambor, los cuernos de un caracol, los flecos de un mantón, el alda de un camisón, todo esto bien mezclado con moyuelo, pescado y salvado, se mete en un barril con substancia de un calcetín, todo esto se lo pone usted por la siesta y de que llegue la noche necesita dos muletas”

Las risas tardaron unos minutos en callar pasando a otra receta de la casa.

“Para el dolor de cabeza”

“Se coge nitrato, legañas de gato, unos gusarapos, se meten en un saco, se amarran con un trapo, se coge la suela de zapatero la mano de un mortero, todo esto mezclado con moyuelo, pescado y salvado, lo toma usted al acostarse y por la salud de mi madre que no vuelve a levantarse.

Otra vez rompieron a reír y pasó a cantar unas típicas canciones de Emilio el Moro.

“Angelitos negros”

Pintor parido en la sierra, pero de padre extranjero, pintor que pinta estrellando sobre un lienzo cuatro huevos, aunque una casa sea blanca, tú me la pintas de negro, y después de ver tus cuadros hay que llamar a un loquero. Pintor, no pintes por favor ¿Por qué, si pintas un melón, le pones dos orejas y dices que soy yo? Pintor de cuadros de alcoba, si tienes alma en el cuerpo ¿Por qué pintaste a mi Lola con un ojo en el pescuezo? Siempre pintaron iglesias poniendo angelitos bellos, y ahora tú pintas dos niños y te salen dos camellos. Siempre que pintes iglesias, pinta solo la veleta, que se aguanta la pintura por qué eres un majareta.

 

El público no estaba acostumbrado a este tipo de canciones y rió con ganas las ocurrencias de Emilio el Moro. Hubo unos bailes manchegos y para cerrar su intervención, interpretó Antonio otra canción.

“Beben y beben”

Tu madre tuvo un deseo antes de que nacieras tú, quería tomarse un buen tazón de doble caldo Starlux. Pero mira como beben tus padres en el rio, pero mira como beben haciendo el seis torcío, beben y beben no dejan de beber, están así to el rato sin poderse entender. Tras duro peregrinaje llegan al portal por fin, tu madre se tumbó en un colchón Pikolin. Tu padre que estaba helado, más helado que un ciprés, pero pronto se le pasó con el coñac 103. Pero mira como beben tu padre y tu tío, pero mira como beben que está el barril vacío, beben y comen, no dejan de beber, pasada la nochebuena tendrán que devolver.

 

La actuación rubricó el éxito clamoroso con petición de propina, que realizó con una serie de chistes típicos de Antonio. Tras cerrar el festival, el cura les llevó a cenar a una fonda que disponía de camas para dormir esa noche, quedando con el cura en verse al día siguiente. Cenaron huevos fritos con patatas y chorizo, regado con cerveza y Casera ya que el cansancio del viaje les había abierto el apetito. Se acostaron enseguida porque estaban realmente cansados y durmieron de un tirón a pesar del ruido jaranero de las gentes en días de fiesta. Cuando bajaron a desayunar, les atendió una mujer que comentó a modo informativo, que la estancia y lo que habían cenado y desayunado tenían que pagarlo ellos porque el cura no se hacía cargo. Sorprendidos y mosqueados fueron a la iglesia en busca del señor cura al que localizaron en la sacristía vistiéndose para decir misa. Cuando le contaron lo sucedido en la fonda, el cura les contestó sibilinamente. “Lo de la fonda lo pagáis vosotros, os quedáis otra noche para actuar y os doy setecientas pesetas, pagáis doscientas en la fonda y os quedan libres quinientas pesetas” Sebastián y Antonio no aceptaron la oferta pues no era lo convenido, por lo que le exigieron que les pagara las quinientas inmediatamente porque se tenían que ir en el acto. El cura aceptó a regañadientes con la condición de que pagaran ellos en la fonda. Antonio y Sebastián se miraron y contestaron que estaban de acuerdo. Tuvo que abrir los cepillos para poder completar las quinientas pesetas, y con los bolsillos llenos de patacones, y pesetas rubias, se despidieron asegurando que irían a pagar a la fonda. A donde fueron en realidad fue a tomar la carretera para huir del pueblo y del cura embaucador, jurando que no volverían por allí, ya que el cura “estaba errado con hache y sin ella”. Salieron tan deprisa que equivocaron la carretera y al cabo de unos kilómetros llegaron a unas casas diseminadas llamadas Záncara, desde donde divisaron un apeadero de tren. Creyeron que sería su salvación y allí se dirigieron. Encontraron a un empleado que hacía las veces de jefe de estación, y este les informó que no paraban trenes de viajeros, pero que a no tardar pasaría un tren mercancías en el que podrían echar las bicicletas con ellos. No había pasado media hora cuando llegó dicho tren que paró a requerimiento del jefe de estación, para que pudieran montar con las bicis. Triste viaje de vuelta sentados en el suelo del vagón, sucio de paja y excrementos de ovejas, pero felices de haber dado en las narices al cura. Se apearon en la estación de Peralares y tras tres kilómetros dando pedales, llegaron al pueblo, cansados y con los bolsillos abultados por el puñado de pesetas y patacones.


Antonio Morales, Rija

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